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Inolvidable cierre de La 59ª versión del Festival de la Leyenda Vallenata

  • Foto del escritor: REDACCIÓN La Noticia Positiva
    REDACCIÓN La Noticia Positiva
  • 3 may
  • 4 min de lectura

La edición 59 del Festival de la Leyenda Vallenata no terminó con una premiación, sino con una certeza: el folclor sigue respirando en manos de una nueva generación.


Por Redacción Positiva | Valledupar

La noche cayó sobre Valledupar como caen las grandes despedidas: lentamente, con ruido de aplausos y con el corazón negándose a aceptar que la fiesta estaba llegando a su final.


En la Plaza Alfonso López todavía flotaba ese olor inconfundible de pueblo celebrando lo suyo. Había acordeones cerrándose después de la batalla, cajas aún tibias por el golpe insistente de las manos y guacharacas que parecían resistirse al silencio. La ciudad, exhausta y feliz, seguía latiendo al mismo compás de los últimos versos.


Habían pasado días enteros de música, de piloneras atravesando las calles como una ráfaga de memoria, de niños abrazando acordeones casi más grandes que sus cuerpos, de veteranos observando con ojo crítico cada nota, de turistas intentando comprender por qué en Valledupar un instrumento puede provocar lágrimas.


Al pasar el tiempo las competencias terminaban y dejaban conocer poco a poco los nombres de los nuevos soberanos.


Y no se trata de una simple lectura de resultados.

Es una ceremonia de relevo.

Una especie de pacto invisible entre quienes construyeron el vallenato y quienes tendrán ahora la tarea de impedir que se desgaste con el tiempo.


La corona mayor encontró dueño entre fuelles y nervios


Cuando pronunciaron el nombre en la noche final de la competencia, de José Juan Camilo Guerra Mendoza, un murmullo de aprobación recorrió el parque de la leyenda como un viento cálido y el nuevo soberano impactado de la emoción celebraba con su círculo más cercano.


No era para menos.


Durante la competencia había demostrado algo que en el Festival Vallenato vale más que la velocidad de los dedos: respeto por la raíz.


Su acordeón no sonó desesperado por impresionar; sonó sereno, limpio, con ese temple de quien sabe que cada paseo, cada merengue, cada son y cada puya cargan décadas de historia. Su ejecución tuvo la madurez de los grandes y la emoción intacta de quien aún toca con el alma en la garganta.


Al recibir la corona, no solo levantó un trofeo.


Le entregaron el peso simbólico de ser, desde ahora, uno de los hombres llamados a defender el idioma musical del folclor vallenato.


En las manos de un niño también cabía el futuro


Pero si hubo una imagen capaz de conmover incluso al más escéptico de los asistentes, fue la de Jerónimo Álvarez Arango sosteniendo su acordeón infantil con la solemnidad de un veterano, con tan solo 12 años de edad


Doce años y la serenidad suficiente para presentarse ante un jurado exigente, abrir los fuelles y hacer que el público olvidara por un momento que quien tocaba era apenas un niño.


En sus dedos pequeños no solo estaba la destreza técnica.

Estaba la esperanza.


Porque mientras existan niños que en lugar de huir de la tradición decidan abrazarla, ninguna música estará condenada a desaparecer.


Jerónimo no ganó únicamente una corona infantil.

Ganó el aplauso emocionado de un publico que vio en él la prueba de que el vallenato sigue naciendo una y otra vez.


La competencia también tuvo acento femenino


En medio de tanta euforia, otra ovación levantó a buena parte del público de sus asientos: la coronación de Sara Valentina Rhenals Escobar como Reina Acordeonera Mayor.


Había algo profundamente simbólico en verla sonreír con el acordeón aún colgado al pecho.


Durante años, el universo del vallenato estuvo contado casi exclusivamente por hombres. Pero Sara subió a la tarima con una convicción distinta: demostrar que la sensibilidad y la fuerza también pueden tocarse en femenino.

Y lo hizo.


Cada nota tuvo precisión, pero también carácter.

Cada aire fue una declaración silenciosa de permanencia.


Su triunfo no fue solo personal; fue el reflejo de una generación de mujeres que ya no pide permiso para ocupar un lugar de privilegio en el centro folclórico de la música vallenata.


Versos disparados al aire y canciones que nacieron para quedarse


El festival continuó anunciando

los nombres de una nueva generación de relevos en las diferentes categorías de la competencia.


Jaider David Daza Bolaño se quedó con la piqueria mayor entre risas, ingenio y versos lanzados como dardos elegantes, recordando que el vallenato también sabe batirse a duelo con palabras.


Y mientras tanto, entre compositores, apareció una canción destinada a sobrevivirle al festival: La huella del viento, de Fabián Leonardo Dangond Rosado, una obra que encontró en la puya tradicional la posibilidad de seguir escribiendo presente con tinta de pasado.


Cada anuncio iba dejando una misma sensación entre la multitud: no se estaban entregando premios; se estaban sembrando continuidades.


Valledupar entendió, una vez más, que la tradición no envejece


Y cuando los reflectores comienzan a apagarse queda una imagen difícil de olvidar: músicos abrazados, familias llorando, maestros orgullosos, turistas grabando los últimos segundos y una ciudad completa negándose a dejar morir la emoción.


Entonces es imposible no entender lo esencial.


El Festival de la Leyenda Vallenata nunca ha sido únicamente un concurso.


Es el momento exacto en que una región se mira al espejo para comprobar si todavía recuerda quién es.


Y este año la respuesta fue contundente.


Propios y visitantes satisfechos por el homenaje hecho a un par de maestros y una universidad que ha concedido conocimientos, experiencia, orgullo e identidad ante los ojos del mundo, Rafael Orozco Maestre, Israel Romero Ospino, el gran “Binomio de Oro de América”.


Son recordados en el fuelle abierto de José Juan Camilo Guerra.

En la inocencia afinada de Jerónimo Álvarez.

En la firmeza de Sara Rhenals.

En los versos repentinos de Jaider Daza.

Y En las nuevas canciones que se niegan a dejar morir el repertorio.


La edición 59 terminó.

Pero el vallenato, como siempre, encontró la manera de no despedirse.


Solo cambió de manos.

 
 
 

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